Una de las señas de identidad más curiosas de los bolsilibros era el uso masivo de seudónimos extranjerizados. Nombres como o Clark Carrados poblaban las cubiertas. Detrás de estos nombres se escondían escritores españoles que a menudo tenían que escribir varias novelas a la semana para sobrevivir, creando una verdadera industria editorial que eclipsó a la competencia con su propia imprenta y una red de distribución muy articulada.